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15. Mi corazón…

Aún recuerdo el día en que llegaste a esas gigantescas y oxidadas puertas de verja que guardan mi corazón. Ha llegado el momento de abrir esas puertas y describir el más extraño lugar que puedas imaginar… Donde el cielo siempre esta cubierto por negras nubes y el húmedo viento mece los ruidosos árboles, que parecen divertirse con el baile espectral.

Nada más entrar podemos encontrar, a la izquierda, los lúgubres y oxidados restos de lo que, en otra década, pudo ser una feria. Entre los decadentes destrozos, solo un puesto parece conservarse en el paso del tiempo. Un pequeño puestecito turronero, intacto, repleto de turrón, chucherías y juguetes. Detrás, una ruló destrozada, llena de boquetes y desperfectos. Y en la puerta, una foto cuelga, una borrosa foto de una niña pelirroja de apenas 12 años acompañada por la figura de un fantasma, sentados en los bancos de los coche de choque. Por detrás escrito con sangre: María.

Volviendo al camino, podemos observar como más adelante, se encuentra un único y solitario pupitre. Sobre él, una chapa de Jack Skeleton, un boli amarillo, una mochila rosa, un vestido rojo y un viejo diario en blanco…

Continuamos adentrándonos en el bosque, con extensión mayor a la que alcanza la vista, oímos los gemidos de un cerdo o jabalí enjaulado en una jaula de su preciso tamaño, pobre animal…

Caminando por los bosques, cargados de una magia perturbadora, es imposible ignorar la sensación de que nos están observando desde la copa de los árboles. Nos adentramos en un lugar de ideas abstractas, de sensaciones y recuerdos borrosos. Un lugar asolado por las batallas, destruido por la magia. La sensación de inseguridad es mayor a cada segundo que pasa, a cada paso que damos. Lo mejor será correr.

Por aquel camino que recorre el viejo paraje desolado, podía observarse castillos y torres en ruinas, pueblos fantasmas completamente vacíos, valles repletos de cadáveres de guerras pasadas, jardines comidos por las malas hierbas. Un feroz rugido proveniente del tormentoso cielo inunda todo el lugar. Solo podemos correr y huir. Lo último a destacar, al salir del bosque encantado, es unas leves huellas que se dirigían en una dirección distinta al camino, dirección a un gran cañón. Junto al precipicio una misteriosa joven, de pelo alborotado y multicolor, ríe a carcajadas mientras empuja su caballo al vacío.

A medida que nos alejamos del peligro, observamos como todo parece volverse más normal. El sol deja ver mechones de su larga melena dorada entre blancas nubes de dulzura. Los pajaritos cantonean una alegre melodía que reconforta el alma. El bello paisaje despierta los sentidos y alegra la vista.

El camino asciende por una ladera, hasta llegar una pequeña colina, en un lateral del camino, una única puerta blanca, inerte, cerrada. Al abrirla, un dormitorio lleno de adornos se desintegraba, dejando tras de sí solo el rastro de una pulsera de pinchos y un corcho con una foto borrosa y un dibujo sobre papel con una frase: devuélvemelo como te lo dí.

Más adelante, el camino parece vacío y desolado. El paisaje se desvanece y el cielo se turna pardo. Hasta llegar a una pequeña cabaña destrozada, con tan solo ¡una luz luminosa y brillante en su interior, cebo de atracción fatal para todo caminante que la trate de alcanzar.

Continuando hacia delante, el camino parece renovarse y el paisaje recupera su color. El dulce sonido de las olas acompaña la suave brisa marina que se presenta de cara al caminante. El ansia por ver el lugar responsable de tanta paz, obliga a acelerar el paso e ignorar el paisaje actual.

Al final del camino, el resplandor de la luna en el espejo ondulado del mar, deslumbra los ojos e impide observar con claridad. A medida que la vista se adapta, el bello paisaje comienza a fundirse con el espejo del alma. El bonachón acantilado saluda con esmero meciendo sus arboles desde la otra punta de la playa. El mar mece la arena como a un hijo, al son de las olas y el aleteo de las gaviotas. El rustico embarcadero sujeta de la mano al siempre valiente barco. La hogareña y cálida casa saluda con la mirada a la mágica luna que le responde con una sonrisa.

En el interior de la morada, solo dos cosas destacan: un solitario cuadro colgado de la pared, con la imagen de una pareja besándose en un invernal parque; y una nota sobre la mesa que decía: Este, este es tu rinconcito en mi corazón”

- Un día me pediste que te hiciera un lugar en mi maltrecho corazón… Este, querida mía, es el lugar donde el tiempo no importa, donde no existe nada que pueda molestarnos, donde nada perturba nuestra paz y felicidad. Este es, ese lugar donde te has grabado a fuego, un lugar para tumbarnos y dejar pasar el tiempo, un lugar donde solo existe paz, tranquilidad e infinita calma y sinceridad… Este, este es el lugar que habitas, en mi corazón.

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