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11. Viviré. Volveré. Venceré.

Cuando la lluvia al fin cesó, la oscura noche su cielo mostró.

- Madre… -murmuró al reverenciar la luna- Tú siempre me has guiado…
Y empezó a caminar dando tumbos con la mirada perdida, arrastrando sus pies casi sin fuerzas, y tal como apareció se esfumó… como un zombie, como un fantasma. Se alejó de aquellos lares con la vaga esperanza puesta en quien siempre le había mostrado el camino.

Enamorado de su enigmático rostro celestial y cegado por su brillante luz, jamás fue capaz de advertir donde le estaba guiando, tampoco se percató del tiempo que pasó caminando. Horas, días, semanas quizás…
El hambre y la sed fueron sus compañeros de viaje. Su boca se había cerrado para siempre, sellada cual sarcófago.
El dolor, su amigo inseparable, aquel que te recuerda quien eres. Los pies, destrozados por el caminar, abatidos en pos de su destino.
La razón, presa suicida, su amante desterrada. Olvidada en lo más profundo de su alma.
La felicidad fue la primera en desertar. Nada más nacer, decidió que era demasiado buena para él.

No pudo soportar ver su propio hijo al borde de la muerte… y la luna lloró sangre. El cielo se oscureció y esta, de rojo su brillo tornó.
Cuando el caballero despertó pudo apreciar la situación. Centenares de esqueletos eran iluminados por la tenue roja luna llena. Se encontraba en aquella turbia y oscura colina dejada de la mano de dios… Había ido a morir al mismo lugar que le vio nacer. Su verdugo; su creadora.

Entonces volvió la mirada de nuevo hacia ella,  como si olvidado el gesto ya lo encontrara, espasmos en su comisura se transformaron en una diabólica sonrisa.
- NO -fue la ultima sílaba que el mundo le oyese pronunciar…

La desafiante luna se ocultó tras sus negros muros para dar paso a su ejercito. Los rojos y diminutos proyectiles que estos lanzaban corroían lentamente su armadura. El nivel del agua subía tras suya y las rojas lágrimas encharcaban la colina, era cuestión de tiempo morir allí.

El alma en pena sacó fuerzas suficiente para clavar la espada contra la roca más alta a modo de mástil. Se quito el colgante y lo envolvió con toda la protección que le pudo ofrecer cuando por los pies notó la presencia de su amigo inseparable.

Cayó se de rodillas sobre el fango rojo. La sangre comenzaba a cubrir todos los esqueletos de su nacimiento, y en un último acopio del poder que su madre le otorgó… decidió vivir.

El cuerpo sin vida se desplomó contra el rojo liquido mucho antes de que este llegara a cubrirle la cintura. A los pocos segundos se hacía realmente difícil diferenciar entre lo que un día fue un cuerpo y lo que ahora solo es agua… pero el trato, ya estaba hecho.

En aquella uniformidad roja por paisaje, lo único a destacar era una oxidada espada, con un colgante ondeando a son del viento. Esperando ser encontrado. Esperando vivir, volver… vencer.

 

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