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7. Separados

A la mañana siguiente, ella volvía a estar sobre él, acariciándolo, besándolo, cuidándolo, mimándolo. Cuando el agotado paladín se propuso apartarla para levantarse, no fue capaz de gesticular ni el menor movimiento. Volvió a dormirse.

Esta vez no fue un agradable sueño el que tubo, sino la más terrible de las pesadillas, pues su mente le iluminó con los recuerdos de su propia muerte.

Tras todo aquello, el rey no podía permitir que el reino, levantado con tanto esfuerzo, se echara a perder por un simple paladín. Así pues, optó por reasignar las tareas del paladín, de guardia privada paso a ser mandado al frente de la guerra. No fue ninguna solución, el paladín salió victorioso de cada batalla, de cada guerra. Conquistó países, imperios enteros caían rendidos a sus pies, ante los pies del ejercito de Los Lobos.

El rey consiguió apartar al paladín de su reina tal y como quería, y además estaba adquiriendo riquezas, pero aun así no podría olvidar nunca aquella oscura noche, ni aquella hiriente sonrisa. Tampoco podría recuperar lo que él le arrebató… el amor de su esposa.

El paladín consiguió más fama y reconocimiento del que nunca pudo imaginar. Era apreciado en cualquier rincón del reino, era anhelado por todos, deseado por muchos y amado por la reina. Apenas podían verse, dado que el rey no le dejaba acercarse a palacio más de lo necesario. Al principio pudo soportarlo, pues le daba fuerzas para ello el recuerdo de la cómplice sonrisa de su amada reina. Pero a medida que los años iban pasando sus fuerzas decaían. La memoria de la que un día fue su alma gemela se perdía poco a poco en el olvido.

Hasta que una noche recibió una carta en la cual le advertirían del peligro que corría. Concretamente, de que el rey había mandado asesinarle y que no se fiara de nadie. La carta estaba sin firma alguna, sin más referencia que el sello real. Esa fue la gota que colmó el vaso. El temerario Paladín, dirigió al ejercito de Los Lobos, espada en mano, en dirección a la capital del reino, con el estandarte luciendo la luna llena por bandera, dispuestos a conquistar lo que consideraban suyo por derecho, lo que se habían ganado. Un reino, ellos… una reina, él…

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